Lazo-rosa-contra-el-cancer-de-mamaNo sabía cuánto iba a echar de menos mi trabajo hasta que tuve que dejarlo. Despertarme por las mañanas y que solo quedara un minuto para que sonara el despertador o salir a la calle en invierno a las 7.30 de la mañana para ir al colegio me parecía lo peor que me podía pasar y, sin embargo, ahora sería una alegría más en mi vida, la primera de muchas, porque eso significaría que estaría curada y que podría volver a hacer mi rutina, mi querida rutina. Los niños comenzaban el día conmigo, ya que les daba clases antes de la jornada lectiva. Era de gran ayuda para esos padres que no tenían con quién dejar a sus hijos y que entraban temprano a trabajar.

Al principio continué asistiendo a mi puesto, realmente nada me impedía no hacerlo, menos los miles de pensamientos que no paraban de aparecer en mi mente y que me distraían considerablemente. Después, a medida que fue avanzando el proceso, tuve que faltar al trabajo por las diferentes pruebas. Era muy duro cuando, al día siguiente, un niño de seis años te preguntaba por qué no habías estado el día anterior y tenías que mentirle. No podía decirle que tenía cáncer, era demasiado duro para un niño que, seguramente, aún no sabía que existían enfermedades tan duras como ésta.

Cuando se fue acercando la operación me di cuenta de que tendría que faltar durante mucho tiempo y que no sabía qué pasaría después, las secuelas de la operación, si necesitaría quimioterapia, si tendría fuerzas para ir a trabajar… así que decidí dejar el trabajo. Prefería que los niños estuvieran atendidos por una persona sana, que pudiera estar con ellos todos los días y a la que pudieran acostumbrarse.

Estuve un par de semanas pensando la excusa que les iba a poner, pero no encontré ninguna que los niños fueran a creerse o entender. Así que un día, sencillamente, previo aviso a mi jefa, dejé de ir. Sé que le dijeron a mis alumnos que la profesora estaba enferma, que preguntaron por mí las semanas siguientes, hasta que con el paso de los días se olvidaron de que alguna vez pasé por sus vidas. Yo, sin embargo, nunca podré olvidar el nombre y apellidos de ninguno de ellos, porque fueron mi alegría durante mucho tiempo.

No fue una decisión fácil, ya no solo por dejar el trabajo, sino por el aspecto económico. En mi situación no tenía derecho ni a baja laboral ni a paro así que no podríahistoria-de-un-cancer-de-mama ayudar en casa. Mi marido fue un gran apoyo, hablamos, hicimos cuentas y, aunque tuvimos que hacer recortes importantes en nuestra vida, al final decidimos que era lo mejor, que lo más importante en ese momento era que yo estuviera tranquila, que me curara.

Cuando un cáncer de mama llega a tu vida no piensas en todas las cosas que vas a tener que dejar atrás. Poco a poco tienes que ir tomando decisiones, amoldándote a lo que te ha tocado vivir y esperar a recuperarlas cuando todo pase, cuando superara el cáncer de mama.

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