Cáncer de mama: La recuperación

Lazo-rosa-contra-el-cancer-de-mamaCreo que ese día fue uno de los más felices desde hacía mucho tiempo. Ya había terminado la radioterapia y mis cicatrices estaban completamente curadas, así que el cirujano plástico me dio cita para comenzar la reconstrucción de mi pecho. Tenía sentimientos contradictorios: por un lado estaba deseando volver a ser yo, a sentirme mujer, a dar uno de los últimos pasos para que todo volviera a la normalidad; por otro, una operación siempre conlleva un riesgo, podía haber una complicación, que mi nuevo pecho no fuera el que yo esperaba, tenía miedo a nuevas heridas o a sentirme extraña conmigo misma.

Sin embargo, el resultado no pudo ser mejor. A pesar de todo, estaba teniendo mucha suerte. Hablé con mi cirujano plástico, me enseñó las diferentes técnicas posibles y decidimos que reconstruiríamos mi mama izquierda a partir de tejidos abdominales. La operación duró unas seis horas  y estuve cinco días en el hospital. Además, redujeron un poco mi mama derecha para que mi pecho quedara igualado. Perdí un par de tallas de sujetador pero no me importó en absoluto, de hecho, creo que mi figura ha quedado mucho más estilizada.

Mi recuperación estaba más cerca de lo que yo creía. Tras varios meses, me recuperé de los síntomas provocados por las terapias, de las operaciones, y los análisis mostraban que la radioterapia había hecho el efecto que debía. Una vez más asistí a la consulta de mi médico. Mi marido y mi hermana entraron conmigo, sabían que ese día podía ser otro punto de inflexión en mi vida, para bien o para mal. Ese día me dirían si el cáncer había desaparecido totalmente, y por ahora, de mi organismo.

Y así fue… “¡Estás curada!”. Por fin estaba escuchando esas dos palabras por las que había luchado tantos y tantos meses. Sabía que tenía que seguir con lahistoria-de-un-cancer-de-mama terapia hormonal y que tendría que asistir a revisiones obligatorias cada pocos meses, pero yo prefería pensar que ya era algo definitivo, que todo había acabado. Que, por el momento, ya no tenía nada contra lo que luchar. No pude contener las lágrimas, pero esta vez eran de alegría, y acabé contagiando a toda la sala. La sonrisa de la gente que está contigo en ese momento borra por completo el recuerdo de las caras de angustia que viste cuando todo comenzó.

Esa noche no pude dormir, estaba extrañamente nerviosa, como si no quisiera perder ni uno de los segundos de esa paz, de esa tranquilidad de saber que todo había terminado por fin, aunque es una noticia que no te llegas a creer definitivamente hasta que no pasan unas horas, unos días. Decidí que celebraría este último diagnóstico de la misma forma que el primero, con mi familia, un domingo, en mi salón. Así podría borrar los malos recuerdos, creando otros nuevos, otros mucho más felices.

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